Sunday, February 24, 2008

Segundas letras

Fueron, para mi, horas de espera. Según el reloj empotrado en la pared de la sala de espera fueron sólo unos 40 minutos. Me habían dicho que podría asistir a la sala de parto, pero nadie logró darme razón de cuándo o cómo; incluso me llegaron a afirmar en dos ocasiones que mi mujer había entrado ya a quirófano.

Llegaron mi suegra y mis padres. Me preguntaron todo acerca de todo lo concerniente al nacimiento de mi primogénito mientras yo intentaba tranquilizarles a ellos con una de mis habilísimas actuaciones de "todo está bajo control"; al tiempo que por dentro me hallaba en el paroxismo de la histeria. Llegó una enfermera a la sala de espera y me requirió, yo había ido a orinar (los baños estaban un nivel por debajo) cuando recibí una llamada de mi madre en mi teléfono móvil al tiempo que lavaba mis manos. Me explicó en dos palabras la situación: "Te llamaron". Salí corriendo como no había corrido desde hacía años.

Llegué y me dispuse a seguir las instrucciones paso a paso. Me cubrí con toda la parafernalia de quirófano y me condujeron, luego de una espera que se me hizo eterna (cinco minutos, según el maldito reloj), al interior de la sala de operaciones.

Noris yacía lánguida, pálida, temblorosa y adormilada, en una cama; atada de muñecas y tobillos en el medio de una habitación tibia, con una sábana que separaba su mirada del ejercicio de carnicería que se llevaba a cabo en sus entrañas. Me llevaron a la cabecera de la mesa de operaciones y allí me quedé con mi niña, charlando con ella, grabando el procedimiento y tratando de distraerla de ese incómodo aroma a carne chamuscada que la molestaba tanto y del que no sabía ella la procedencia. Fueron minutos largos, pero supremamente esperanzadores.

-Ahí está...

Fue lo último que pude escuchar, antes de avocar mi mente y mi cuerpo a ver cómo salía mi hijo del vientre partido de su amorosísima madre mientras le describía a mi mujer, embargado de emoción (al grado de caer en una especie de soliloquio cuasidadaísta), el maravilloso proceso. Seguí al pediatra a la mesita donde asistió al bebé, y grabé la forma en que le extraían las mucosidades, lo estimulaban al llanto, le secaban el cuerpo y, finalmente, lo envolvían en una sabanita para pegarlo al pezón izquierdo de su mamá. Todo esto sólo para después llevárselo de nuestro lado. Noris y yo nos quedamos juntos hasta que terminó su cirugía, en silencio, para que no se cansara. En la sala de recuperación ella se durmió, yo la cobijé y la acaricié con la mayor delicadeza que pude, hablándole en voz baja de lo feliz que me sentía y de lo hermoso que era el bebé. Velándola estuve durante un par de horas. Dieron las doce. El bebé había nacido a las 21:59.

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