Thursday, February 28, 2008

Y entonces volvió a latir

A lo largo del día siguiente no hicimos otra cosa que monitorear la frecuencia cardiaca y respiratoria de nuestro hijo, el resto del mundo no importaba en realidad. Noris sufría de un intenso dolor, en el cuerpo por la cirugía que recién había padecido, y en el alma por la situación del bebé. Yo, en cambio, sólo sufría por el bebé, por ella, y por tener que ser el vocero y mandadero oficial de todo mundo. Ambos sentíamos una horrible tensión, pero tratábamos de estar tranquilos, puesto que si el hijo nuestro mejoraba en el tránsito de este día que transcurría, podríamos llevarlo con nosotros a casa.

No fue así. Noris fue dada de alta en dos días. El bebé pasó seis días en la incubadora. Nosotros pasamos seis días sin latidos y con llantos silenciosos. En verdad no era algo soportable.

Cuando el bebé salió fue hermoso, fue el único día soleado en medio de la semana lluviosa en que nació el bebé. Cierto o no, pero yo así lo recuerdo. Yo salí cargando todo, conduje el auto, Noris fue ayudada por mi madre al tiempo que mi suegra cargaba al bebé. La primera vez que lo cargué, lloré. Nunca he cargado algo tan delicado, ligero y frágil, que a la vez sea tan parecido a mi en complexión y rostro. Yo soy un toro flaco, por mi vida sedentaria soy enclenque, pero mi genética apunta hacia una silueta cuadrada. Así es el bebé; pero infinitamente delicado.

Lo amo. Noris y yo lo amamos. De verdad, ese día, cuando salió, a ambos se nos destapó el alma, nos volvió a latir el corazón.

Terceras letras o la larga pausa de mi corazón

Trasladaron a Noris a su habitación. Yo seguí el camino en silencio, junto a su camilla siempre. Al llegar les ayudé a ponerla sobre la cama y estuve presente mientras la limpiaban y le aseguraban el vientre con sendos vendajes; para este punto ella ya había despertado. Cuando nos volvieron a dejar solos, y luego de que nuestros padres se retiraran, ella volvió a dormir.Yo la velé.

A eso de las tres de la mañana se despertó. Quería ir a orinar y hubo creído que yo estaba dormido. Le ayudé, y una vez que estuvo recostada de nuevo en la cama empezamos a discutir sobre cuál sería el nombre más conveniente para el hijo nuestro recién nacido. Rúrik Yolocélotl. Definitivamente lo describía. Un rato después Noris volvió a dormir. Entonces cerré los ojos.

A las cinco de la mañana desperté, había dormido poco más de una hora y necesitaba dejar a Noris descansar. A las seis llegaron a revisarle el suero, ella siguió dormida hasta casi las siete. Todavía no podíamos ver al bebé. Estaba en un estado muy delicado. El día transcurrió en medio de un ajetreo amortiguado por los silencios y las levedades de que rodeamos a la convaleciente. Abuelos y padre no dejaban de comprar comida, ayudar a Noris, discutir sobre el precio del nacimiento del bebé, sobre el estado del bebé, en fin, que pocos minutos pudimos estar a solas mi mujer y yo. Pero en esos momentos reinaba una serena paz y existía una atmósfera de concordia que no se da mas que en los sueños.

El bebé, según nos dijeron esa noche, tenía problemas al respirar por falta de maduración en su sistema. Estaba en incubadora. Pasó el día.

A la mañana siguiente fuimos a verlo. Sólo Noris pudo pasar, era hermoso, respiraba son suma dificuldad y violencia. La alarma sonaba cada vez que su minúsculo pecho se detenía (que era muy amenudo). Noris lloró, yo no pude, tenía que consolarla. Esta situación se repitió por un día entero. Cuando salimos de la sala de cuidados intensivos neonatales era hora de cenar. Nadie tenía hambre.

Sunday, February 24, 2008

Segundas letras

Fueron, para mi, horas de espera. Según el reloj empotrado en la pared de la sala de espera fueron sólo unos 40 minutos. Me habían dicho que podría asistir a la sala de parto, pero nadie logró darme razón de cuándo o cómo; incluso me llegaron a afirmar en dos ocasiones que mi mujer había entrado ya a quirófano.

Llegaron mi suegra y mis padres. Me preguntaron todo acerca de todo lo concerniente al nacimiento de mi primogénito mientras yo intentaba tranquilizarles a ellos con una de mis habilísimas actuaciones de "todo está bajo control"; al tiempo que por dentro me hallaba en el paroxismo de la histeria. Llegó una enfermera a la sala de espera y me requirió, yo había ido a orinar (los baños estaban un nivel por debajo) cuando recibí una llamada de mi madre en mi teléfono móvil al tiempo que lavaba mis manos. Me explicó en dos palabras la situación: "Te llamaron". Salí corriendo como no había corrido desde hacía años.

Llegué y me dispuse a seguir las instrucciones paso a paso. Me cubrí con toda la parafernalia de quirófano y me condujeron, luego de una espera que se me hizo eterna (cinco minutos, según el maldito reloj), al interior de la sala de operaciones.

Noris yacía lánguida, pálida, temblorosa y adormilada, en una cama; atada de muñecas y tobillos en el medio de una habitación tibia, con una sábana que separaba su mirada del ejercicio de carnicería que se llevaba a cabo en sus entrañas. Me llevaron a la cabecera de la mesa de operaciones y allí me quedé con mi niña, charlando con ella, grabando el procedimiento y tratando de distraerla de ese incómodo aroma a carne chamuscada que la molestaba tanto y del que no sabía ella la procedencia. Fueron minutos largos, pero supremamente esperanzadores.

-Ahí está...

Fue lo último que pude escuchar, antes de avocar mi mente y mi cuerpo a ver cómo salía mi hijo del vientre partido de su amorosísima madre mientras le describía a mi mujer, embargado de emoción (al grado de caer en una especie de soliloquio cuasidadaísta), el maravilloso proceso. Seguí al pediatra a la mesita donde asistió al bebé, y grabé la forma en que le extraían las mucosidades, lo estimulaban al llanto, le secaban el cuerpo y, finalmente, lo envolvían en una sabanita para pegarlo al pezón izquierdo de su mamá. Todo esto sólo para después llevárselo de nuestro lado. Noris y yo nos quedamos juntos hasta que terminó su cirugía, en silencio, para que no se cansara. En la sala de recuperación ella se durmió, yo la cobijé y la acaricié con la mayor delicadeza que pude, hablándole en voz baja de lo feliz que me sentía y de lo hermoso que era el bebé. Velándola estuve durante un par de horas. Dieron las doce. El bebé había nacido a las 21:59.